Acabo de regresar. Llegué a la parada del autobús y, al cabo de un par de minutos ella apareció. No la saludé, ni ella a mí. Subimos al bus, pero esta vez el conductor no aceleró abruptamente. Me senté y decidí no darle mayor importancia.
Pocos minutos después, sentí un ligero toque en el muslo, como cuando alguien te da un golpecito en el hombro para llamar tu atención. Volteé y era ella. Se presentó, me dijo su nombre y me preguntó el mío. Quiso saber si estudiaba o trabajaba, y no tuve problema en contárselo. Me comentó que tiene 18 años, que también se tomó un año sabático porque no sabe qué carrera elegir, y que trabaja en una panadería. Nos pareció gracioso descubrir que compartimos el mismo problema con el horario del bus. Resulta que vive cerca de donde yo rento y me contó que, usualmente, lleva consigo el pan que queda en el mostrador, ya que es producto descartado. Me ofreció un poco, pero me confesó que le daba pena sacarlo dentro del bus. Por eso, me preguntó si podríamos bajar juntos para dármelo. No tuve inconveniente en aceptar.
Al bajar, me ofrecí a acompañarla a su casa como agradecimiento por el pan (me dio media docena de panes dulces). Al llegar, me invitó a pasar y me ofreció un poco de agua. Cuando regresó con el vaso, aproveché para preguntarle su Insta. Me pidió mi teléfono para darme follow y después ella me dio followback desde el suyo. Sin embargo, me dijo que preferiría que intercambiáramos números de teléfono, con la excusa de que, si alguno de los dos no estaba en la parada, pudiéramos avisarnos si el autobús ya había pasado.
Ella descansa los sábados, y yo, los miércoles y viernes. Queremos salir este sábado, pero primero necesito encontrar a alguien que pueda permutar el día libre.
Ahora. Usualmente cuando intento hablar o quedar con una chica que me gusta, me siento nervioso o estresado, en esta ocasión no ha sido así pues no es como que sienta un interés romántico pero me agradó pasar el trayecto con ella y se ve buena gente, me gustó mucho que me diera pan.