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Elliot, al caer, tocó un material extraño, algo que no pertenecía al cadáver, una carne muerta que parecía haberse formado en pequeños montones, como figuras de cuerpos a escala diminuta. El Padre Góspel frunció el ceño. Sabía de lo que se trataba: magia arcana. Había visto cosas similares en su pasado, en tiempos cuando aún veía a los seres humanos como simples herramientas para los grandes planes de Dios. Pero el tiempo había transformado su visión, había aprendido a ver más allá de las sombras. Incluso entre la muerte y la corrupción, había espacio para la salvación.
-Una vez más, la necesidad de alimento, el hambre insaciable...
Murmuró el Padre Góspel, reflexionando sobre el comportamiento de los vampiros orientales, sobre su insaciable deseo que los empujaba a deformar a sus víctimas, a convertirlas en un manjar grotesco. Los vampiros, seres que podían vivir cientos de años, dependían de esa miseria para perpetuarse, y, en su mente, quizás de alguna forma, ellos también necesitaban la salvación. El sonido de los mensajes rusos seguía interrumpiendo el curso de los pensamientos del Padre Góspel. En las palabras incomprensibles, podía oír el pánico, la desesperación. Sabía lo que estaba pasando. Algo, o alguien, estaba desmantelando la base. La fuerza de la oscuridad parecía haberse desatado sobre ellos. De repente, un destello de luz llamó su atención. La vampiresa, Ketsueki-no-Mikako, había aparecido. Flotaba sobre la plata, los rastros del caos a su alrededor. Mientras avanzaba con una velocidad descomunal, el Padre Góspel la observó fijamente. Esta no era una simple vampira. No. Esta criatura estaba más allá de cualquier humano o ser del Más Allá, más allá de cualquier cosa que él hubiera encontrado en su interminable búsqueda por la redención.
Y entonces, ella los vio. A ellos. A los hombres de fe. A él. Como si, en algún rincón de su ser, percibiera algo más que la muerte y el dolor que su existencia le había otorgado. Algo que trascendía el odio y la oscuridad. El Padre Góspel no sintió miedo, ni siquiera cuando vio cómo Ketsueki-no-Mikako observaba el cadáver de su consanguínea con una frialdad que solo los muertos podían mostrar. No le importaba la oscuridad, no le importaba el peligro. Sabía que la verdad se encontraba más allá de lo evidente, que la luz podía brillar incluso en los rincones más oscuros de la existencia. En su voz, siempre calmada, casi solemne, murmuró en voz baja nuevamente.
-No importa cuán lejos hayas caído, hay siempre un camino hacia la salvación… incluso para ti
Y mientras la base se desmoronaba a su alrededor, él se mantuvo firme, imperturbable, como una presencia silenciosa en medio del caos. La vampiresa se posó con un estremecedor silencio en el suelo, el polvo flotando en el aire como una cortina opaca que oscurecía la visión. Mientras su cuerpo tocaba la tierra bañada en plata, el Padre Góspel observaba con una calma que desentonaba con la violenta situación. Su mirada se desvió hacia la criatura, una figura que emitía una sensación perturbadora de poder, pero al mismo tiempo, algo… fascinante.
-Ah, pero qué belleza, incluso entre las sombras…
Este no fue un murmullo, lo dijo en voz alta, ciertamente hasta Elliot lo escucho mientras sus ojos estaban siguiendo cada movimiento de la vampiresa como si estuviera apreciando una pintura macabra. A pesar de la gravedad del momento, no podía evitarlo: la presencia de Ketsueki-no-Mikako lo había cautivado, como suele suceder con las mujeres bellas, especialmente aquellas que portan una oscuridad tan abrumadora. A pesar de ser un ser del Más Allá, y de su posición de “santo”, su coquetería era una constante, algo que surgía de su ser sin quererlo, como si las mujeres hermosas pudieran redimir incluso la oscuridad más profunda con una sola mirada. Mientras Elliot, el imperturbable Pacificador, continuaba haciendo su trabajo y hablando sin cesar, el Padre Góspel no podía dejar de pensar en lo fascinante que era la vampiresa. "¿Acaso su juventud aún perdura a través del tiempo? ¿Cómo un ser así puede existir, atrapado entre el ciclo de la vida y la muerte, una eternidad sin fin?" pensó, con una ligera sonrisa que delataba su falta de concentración. Elliot, como siempre, hablaba demasiado, pero el Padre Góspel lo ignoraba momentáneamente. Los detalles sobre los vampiros orientales y sus hábitos alimenticios caían en sordina frente a la intensidad del momento, como si un eco lejano que no importaba. Lo que realmente lo atraía era el aire de poder que Ketsueki-no-Mikako irradiaba, su actitud arrogante y su capacidad para destruir con una rapidez desconcertante. El Padre Góspel sabía que tal fuerza sólo podría venir de algo o alguien que ya había cruzado el umbral entre lo humano y lo demoníaco.
-Si ella era tu señora, déjeme darle mis mas sinceras condolencias, pequeña.
Pone su mano en el pecho y le hace una reverencia como respetando la muerte de a quien mira con sorpresa, como dice Elliot, no quiere propiciar malentendidos, ademas realmente siente empatia por ella, una muy rara pero siente, como sea... El Padre Góspel, aún mantenía su presencia inmutable ante la tensión creciente. Mientras la vampiresa avanzaba, con su poder arcano y su habilidad para controlar el entorno, él observaba con una calma desconcertante. No era el temor lo que lo dominaba, sino una comprensión profunda de lo que sucedía frente a él. La muerte, el caos, las criaturas oscuras que habitaban este mundo... Todo eso formaba parte del mismo tejido de la existencia, y él estaba allí para recordarle a todos, incluso a los más perdidos, que la salvación era posible. La vampiresa, al pronunciar su sentencia condenatoria, se dirigió a los presentes con palabras que no solo llenaban el aire de peligro, sino de una maldad palpable. El Padre Góspel, sin embargo, no se dejó amedrentar, y sus labios se curvaron en una sonrisa suave pero llena de compasión. No era la ira lo que motivaba a este ser, sino la convicción de que incluso los más oscuros podían encontrar un camino hacia la redención.
-Escucha, pequeña vampira...
Dijo el Padre Góspel, su voz resonando en la niebla, serena y firme.
-No importa cuán profunda sea la oscuridad en la que te encuentras, ni lo que hayas hecho en el pasado, siempre hay una oportunidad para el perdón. El dolor que llevas dentro solo te consume a ti misma, pero incluso los más rotos pueden ser sanados.
Mientras él hablaba, sus ojos nunca dejaban a la vampiresa, y su tono no era desafiante, sino lleno de una amabilidad que contrastaba con el poder destructivo que ella desataba. En ese momento, lo que parecía una batalla de vida o muerte era, para él, solo una manifestación de sufrimiento que podía ser transformado si se ofrecía la oportunidad. La vampiresa, con su fuerza indomable y su control sobre el caos, parecía no interesarse por las palabras del Padre Góspel. Ella era una figura de ira, su poder capaz de destruir todo a su paso, pero él entendía que detrás de esa rabia había una herida profunda, una necesidad de encontrar algo que no podía nombrar. Y esa necesidad era algo que él conocía bien. Cuando ella comenzó a preparar su ataque, una masa escarlata que parecía devorar la misma esencia de la vida, el Padre Góspel no se apresuró a reaccionar con violencia. No, él se adelantó a las circunstancias, con una calma y una mirada que lo hacía parecer ajeno al caos que la vampiresa generaba a su alrededor.
-Veo que no entiendes lo que estás haciendo, pero es porque no sabes lo que realmente deseas.
Murmuró él, su tono sin ninguna prisa, como si estuviera hablando de algo que había visto muchas veces antes.
-Tu dolor no te define, ni tu rabia, ni tu sed de destrucción. Solo te atan más a la oscuridad. El perdón es el único camino que ofrece la libertad. Déjame mostrarte ese camino.
La vampiresa no reaccionó de inmediato a sus palabras. Estaba enfocada en sus propios deseos y en la furia que la consumía, pero el Padre Góspel sabía que en algún rincón de su alma atormentada, algo podía cambiar. Incluso en las criaturas más condenadas, podía haber una chispa de humanidad que aún podía ser encendida. Él nunca renunciaba a la esperanza de que esa chispa pudiera florecer, independientemente de la apariencia o de la furia que alguien mostrara. Mientras la niebla se expandía por la habitación, el Padre Góspel se mantenía erguido, sin moverse, como una figura tranquila en medio del caos. La hipnosis que la vampiresa había desatado parecía sumergir el ambiente en un mar de confusión. El poder arcano de su presencia no solo afectaba la mente de los presentes, sino también el cuerpo, haciéndolo vulnerable, inerte, como si la sangre misma fuera capaz de traicionar a quien la poseía. El Padre Góspel sentía esa presión, la conciencia de la manipulación de la vampiresa tocaba su propia esencia. No, él no caería en esa trampa. Sabía que la luz de la esperanza, aunque tenue, podía deshacer incluso las más oscuras de las ilusiones. Con la niebla y el polvo acumulándose en la habitación, el Padre no apartaba su mirada de la vampiresa. Sabía que la lucha no estaba en enfrentarse a su magia, sino en reconocer el sufrimiento detrás de sus acciones. El perdón era lo que debía ofrecer, lo que debía ofrecer a todos los seres, incluso aquellos que se habían perdido por completo. Aún cuando los poderes oscuros estaban desplegándose ante él, él era la luz que permanecería intacta.
Mientras tanto, Elliot, con su herida mortal, no era un problema real para el Padre Góspel. La magia del Más Allá fluía a través de él, y las leyes de la vida y la muerte no se aplicaban de la misma manera que a los mortales. Pero el daño que había sufrido indicaba algo más: la fragilidad de aquellos que, sin importar su poder, aún tenían el mismo destino final que el resto. La única diferencia radicaba en si tenían la oportunidad de redimir su existencia antes de que fuera demasiado tarde. La vampiresa, satisfecha de su aparente victoria, avanzó, pero en el instante en que apartó el maletín de Elliot con una ligera patada, el Padre Góspel no se movió. Las ruinas a su alrededor solo le mostraban más desolación, más destrucción, pero él no podía ceder a ello. Las pequeñas víctimas, los inocentes atrapados en las luchas de poder, eran su verdadero enfoque. De repente, vio el movimiento extraño en el cadáver de la vampiresa caída. Como un insecto que se rehúsa a morir, los dedos de la muerta comenzaron a moverse, y con ello, el Padre Góspel entendió algo más profundo que no era inmediatamente visible. Era una manifestación de la desesperación, un último aliento de vida, que intentaba aferrarse a lo que quedaba. ¿No era eso lo que todos, en algún punto, buscaban? Aferrarse a la vida, a la luz, incluso cuando todo parecía perdido. El Padre Góspel observó cómo Ayuminako-no-ketsuen calmaba a la muerta no muerta, y en ese momento, sin mover un músculo, sus palabras se alzaron en un susurro lleno de compasión:
-No temas, mi niña...
Dijo el Padre Góspel, sus ojos reflejando una mezcla de serenidad y compasión.
-Esa no es la forma de sanar. Lo que haces es una cadena que te ata a la desesperación, un ciclo del que no puedes escapar. No todo está perdido.