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Reposteadito, quería corregirle una cosa
Ídolos inmortalizados en mármol, santos mortales bruñendo con paños a los beatos del tabernáculo petrificados. Mahoma recorrió la sala primaria, serenada en la serenata de los oradores.
Las paredes, forradas de giflos a millares, se enlucian como murallas de tapiz sólido. Con la meticulosidad de un verdugo mimando la hoja de su hacha, derrapo dos dedos sobre el lomo de una estatua, dejando tras de sí un surco desnudo entre la pátina de abandono. Sus ojos brillaron con la gélida satisfacción del hallazgo.
Cada tanto, lanzaba inspecciones sorpresa a los recovecos del sarcófago vertical donde descansaban las estatuillas, acechando negligencias como un dios menor ávido de tributo. Un siglo y medio había hecho de aquel templo en su hogar, y la monotonía, en su cruel entretenimiento. Ya no era cuestión de fe, ni de deber, ni siquiera de costumbre: era un pasatiempo. Ver qué tan bien o mal cuidaban la casa de Dios los monaguillos, y ante todo, tener justificantes de sobra para reprenderlos, para imponer penitencias con harta satisfacción.
Por inercia, sacudía la cabeza en un gesto autómata al coincidir con un rostro familiar. Sacerdotes, monjas, monaguillos y novicias, para cada uno horneaba una sonrisa distinta, calculada al gramo en su dulzura y cadenciosidad. La larga vida acarrea largos problemas, en especial cuando la experiencia hacía de cada persona un molde ya visto, una repetición gastada de motivaciones previsibles. El Padre, ciego en su devoción. La cocinera, gruñona y maternal. La novicia, tímida en la obediencia y rebelde en la penumbra. El parroquiano, que cada domingo se debatía entre la salvación de su alma y la lascivia por su cabra. Mahoma ya no escuchaba sus confesiones; las adivinaba antes de que fueran dichas, como si leyera un pergamino demasiado manoseado o arrendara a una puta en sus cuarentas. Había patrones en la fe. Y patrones en la carne. Y ella los descifraba en sus ovejas hasta el tuétano de sus huesos.
Cíclico.
Absurdo.
Inevitable.
Prestando mínima atención al entorno, su mirada tropieza con un crucifijo y una biblia de mano. Al primero lo sopesa a ojo, calculando el valor del objeto más por su densidad que por su sacralidad. Sin ceremonias, lo enrosca en su mano como si probara el ajuste de un guante. A la segunda, la somete: desliza un dedo entre sus páginas, parte su médula en una sección al azar y tras un vistazo fugaz, la cierra de un librazo, dejándola reposar en la silla más próxima, como si un simple vistazo hubiese agotado su propósito.
Al fondo, de rodillas y con el cuello expuesto al Progenitor, el Padre Leopold. Congelado en su inmovilidad, parecía tan parte del mobiliario como las columnas que sostenían el monasterio. Diez pasos la separaban de él, distancia que resumió en un pestañeo. Detuvo su andar, cerró los ojos y aguardó el momento de interceder.
<Leopold
>Amén.
"Amén" Secundo ella. Persignandose por triplicado.
Inexpresiva saludó mejilla a mejilla, cariñosamente sonriéndole al separarse, ni una mueca de obesa alegría ni enjuta cortesía, lo justo y necesario.
Sin una palabra, asintió a la propuesta de continuar la charla fuera del monasterio, aminorando considerablemente su sonrisa al ver un hilo color vino gotear de la renguera del padre. Apabullante. No le desea una infección urinaria a nadie. De no ser el caso, le trae recuerdos de su padre, el Padre Yullei, con sus callosas rodillas descascaradas por la oración. Horas y horas postrado en penitencia, hasta que la piel se desprendía como cera derretida. Y en respuesta, ellas, sus hijas, debían seguir el omiso ejemplo, prestando voz al Progenitor hasta que sus propias piernas ardieran en carne viva.
Yullei siempre las consolaba con dulzura. Cada callo es un beso de ángel, decía.
Fuera el refulgente astro rey le achina los ojos, Leopold de parasol improvisado la escuda del mismo.
<Leopold
>"Es un privilegio tenerla aquí. Sin embargo no es el momento más oportuno para tener visitas... Muchos incidentes están ocurriendo en Akasha. Desde espíritus malignos atormentando a Via Regia. Hasta el despertar de una de las tres brujas."
Entrecerro un ojo, demostrando una sana cepa de escepticismo.
"Las tres hermanas del destino, enemigas juradas del Progenitor, consortes declaradas de lo maligno♪ Te observan cuando duermes, te miran al despertar. No intentes ocultarte de ellas, pues siempre te veran♫" Canturreo esa vieja nana para niños "El placer es todo mio Padre, ¿si recuerda la última vez que vine? Eras.." Se interrumpió a si misma para llevarse una mano a la altura del vientre "Así de pequeñito" Apiñó los puñitos a los lados de su rostro, enternecida con ojos de cachorrito "Recuerdo que el padre Emanuel nunca quería dejarme a solas con usted..." Estaba a punto de poner punto y coma a la nostalgia y encauzar la conversación al estado del continente, cuando el plom, plom rítmico de botas metálicas irrumpió el momento. La vio. Con un movimiento medido, se hincó sobre una rodilla frente a Leopold. No era una niña, sino un arma envainada en carne. Su cuerpo era pura masa magra, un eufenismo visual para la palabra "guerra".
Una mirada pragmática hurguetea en la niña: No más tiempo del necesario, no menos del conveniente. Eslabonando los brazos detrás de la espalda al oír de primera mano el falluto informe de la guerrera. Una bruja viva ya era pésima noticia. Una bruja diezmando los recursos de la Iglesia, aún peor. Leopold hablaba de mandar refuerzos, pero Mahoma veía en su plan más fe que estrategia ¿Tropas de reconocimiento? Bien. ¿Recoger información antes de actuar? Sensato. Pero enviar hombres a ciegas, sin preparación ni protección sacra, era un desperdicio de recursos.
¿Y qué pretendía de la niña? ¿Un ejército de un solo hombre? ¡De esos solo existen en las
pelis leyendas!
Al final, indistinto a su rango e intenciones, las dos son excluidas por igual del gabinete de Leopold. La niña colabora en que el ambiente no se estanque en un silencio enrarecido e incómodo, presentándose con la franqueza de los soldados.
<Pyra[Expand Post]
>"Me llamo: Pyra. Y me encargo de algunas misiones de la iglesia."
"El hierro y la fe, juntos en una sola mano. Que contradictorio~"
Acotó.
"Mahoma. Instructora de Exorcistas del Clérigo. Dicen que tengo buen ojo para los chicos talentosos~" implicando que tal puesto exista
Sin apresurarse, le ofreció una mano en saludó. Los ojos de mahoma, indiferente a sí sonreía o ladraba una orden, eran dos párpados a medio caer, marchitos por el peso de una vejez que no era de carne, sino de mente. Un cansancio que no encontraba alivio en el sueño, ni en el rezo, ni el sagrado sexo. Difícilmente —si no es que nunca— expresaba algo auténtico con la mirada.
"Dices que trabajas para la Iglesia, Pyra. Dime, ¿trabajas para ella… o ella trabaja sobre ti?"
No soltó su mano. No admitio retroceso. La firmeza en sus falanges desbordaba la frontera de lo protocolario, de lo simplemente cordial. Cuando el roce se prolongó más allá de lo decoroso, cuando el silencio pesó lo suficiente para que el gesto se convirtiera en una pregunta muda, entonces Mahoma habló.
"Nos venden el trabajo como propósito. La familia como ancla. Los hijos como legado" Enumeró con un deje de sorna "Nos dan cadenas con nombres hermosos para que las adoremos, para que nos aferremos a ellas con ambas manos, demasiado ocupados para preguntarnos si esto que vivimos es siquiera vida. Para que confundamos la rutina con el sentido, el agotamiento con el deber"
Chasqueo sonoramente la lengua, abanicando en negación la cabeza.
"Yo no sirvo a la iglesia. No sirvo a ningún hombre con sotana ni mujer con hábito. Sirvo a Dios y si algo detesta el Señor, es al mediocre que se parapeta tras la palabra sin tener el coraje de empuñar la espada"
Tal vez referenciando a Leopold, lo deja a libre interpretación.
"No existe un evangelio donde los herejes perduren. Pero la vida real no es un evangelio ¿o si?" Su voz fue perdiendo su caracteristica fuerza "Los adultos añoran la niñez, aferrándose a la infantiloide ilusión de un Dios que los cobije. Ellos quieren al Dios maternal, no al Dios real" Ella deslizó un mechón de su alborotado cabello tras su propia oreja con la parsimonia de una Doncella ante un espejo "El Señor no ama a los que gozan. No ama a los enteros, ni a los que ríen. El ama la herida, la llaga que nunca cicatriza. Él es dolor, y quien no sangra por Él, no le pertenece" Con la yema del índice, le levantó el mentón a Pyra, aproximando sus labios a un susurro de distancia, con el perfume a mirra de la Madre mixtandose con el hedor ferroso a sangre seca de la Guerrera "Resumiré mi discursito en tres palabras: Se Mi Espada"
A punto de pactar un beso nivelo su trayectoria para aterrizar los labios en la mollera de la guerrera, besando maternalmente su frente, acto seguido bruscamente se distanció de ella. Cortando de raíz todo contacto corporal y visual al ponerse a planchar parte de su túnica con las manos. Pretendiendo que no paso nada.
"Te ofrezco más de lo que Leopold jamás te prometera: fuerza y poder. Martillo y yunque para que forjes tu destino, en lugar de esperar a que otro lo escriba por ti" Sin esperar a ser desmentida, continuó explicando "Necesito financiación. Necesito hombres. Necesito al Clérigo en la palma de mi mano. Pero no soy una estúpida, Pyra. Y ellos tampoco lo son. No soltarán un solo centavo al primer lunático que se autoproclame mesías. Por supuesto que no. Ni siquiera aunque se trate de mí" Su mirada se perdió momentáneamente en el suelo, enredada en pensamientos inaudibles "Así que necesito una mano derecha, una para exterminar algunas brujas de poca monta, impresionar al Clérigo y obtener lo que necesito de ellos" Se encogio de hombros "Esa es al menos la primera parte del plan ¿le entras o vas a esperar a que el padre Leopold termine de cagar en su despacho?"
Dicho eso giró sobre los talones, dándole la espalda. Como un pescador lanzando un anzuelo al vacío, esperando ser mordido.
"Y en cuanto a tu recompensa..." Entono con vulgar dulzura "Puedo hablarte más de ella si estas dispuesta a pagar el precio ♡"
Tres décadas atrás abandono de la noche a la mañana el monasterio, como la serpiente que deja su piel tras mudar, con un solo propósito latiéndole febril en el pecho: llevar el arte de Clérigos y Exorcistas hasta su cúspide, hasta su forma más pura y devastadora.
Fueron muchas las que pasaron por sus manos. Niñas como Pyra, con ojos hambrientos de propósito y cuerpos prescindibles. Huérfanas. Descastadas. Carne de cañón. BuenosParaNada.
Los convencía con promesas vacías. Los sacrificó en el altar de su ciencia.
La Regeneración parcial fue su primer escalón. Pero la Regeneración era una vil falacia. Un don que cura heridas, pero no evita que se repitan. Ella buscaba algo superior.
La carne debía aprender. Memorizar. Responder.
Y así refinó su arte hasta que la sanación dejó de ser una simple curación y trascendió en Adaptación.
Los cuerpos de sus discípulos mutaban con cada herida. Aprendían. Evolucionaban. Los más débiles se convertían en quistes de carne deforme, cancer viviente. Los menos afortunados morían antes de siquiera vislumbrar el milagro.
Pero los que sobrevivían… los que resistían el cambio…
Esos se volvían perfectos. Idóneos.
El día en que logró estabilizar su magnum opus, en que su obra alcanzó el equilibrio sin derrumbarse en el caos, supo que era hora de volver.
Pyra casi parecía una ofrenda arrancada de las manos del Altísimo. Una guerrera nacida de la sangre y la fe, con la que trascendería las limitaciones de la carne, del tiempo y del acero.
Solo quedaba una pregunta.
¿Mordería el anzuelo? ¿O se rompería los dientes en el intento?