Culto de Otharos
Mito de la creación
En el principio, cuando el abismo era todo lo que existía, solo había el vacío eterno, sin forma ni color, sin luz ni sombra. Los dioses eran sombras también, sin lugar donde asentarse, sin propósito. De entre ellos, cinco surgieron, nacidos del caos primordial. Estos dioses se convertirían la encarnación de las fuerzas fundamentales del universo, y su poder estaba por encima de todo lo comprendido. Lythar, el dios de la sabiduría infinita, tenía en su mente el conocimiento de todos los secretos del cosmos. Helios, el dios del fuego eterno, poseía el aliento ardiente de la creación misma. Aeris, la diosa del viento, se deslizaba a través del vacío, tejiendo las corrientes que guiarían el destino. Selene, la diosa de las aguas, cargaba con las lágrimas de todas las estrellas que aún no nacían. Y Kaelen, el dios de la tierra, traía consigo la semilla de la vida que germinaría en la vasta oscuridad. Juntos, estos cinco dioses miraron el vacío y vieron la posibilidad de lo que podría ser. Crearon el mundo con sus poderes: Lythar, dando forma a la mente que comprendería el cosmos; Helios, trayendo la chispa de la vida con su fuego; Aeris, envolviendo el mundo en un aire vibrante de posibilidades; Selene, creando los océanos y ríos que darían vida; y Kaelen, sembrando la tierra con la semilla de todos los seres.
Pero había algo más. El mundo aún no existía como tal. Era solo un sueño suspendido, una promesa de lo que podría ser, pero para que naciera por completo, necesitaba algo más: el sacrificio. Los dioses comprendieron que la creación no sería posible sin dar una parte de sí mismos, y su amor por el mundo que soñaban sería el sacrificio necesario para darle vida. Así, en la cima de una montaña de fuego y niebla, los cinco dioses se reunieron y tomaron la decisión. Cada uno debía ofrecerse por amor a la creación, por el amor a lo que aún no existía pero que prometían con su sacrificio traer a la vida. Porque, aunque su poder era infinito, sin ese sacrificio, el mundo nunca sería lo que debía ser. Lythar, el sabio, fue el primero en hablar, su voz profunda como el susurro de los pensamientos universales. "Mi mente ha trazado los caminos del mundo, pero mi amor por la creación es más grande que cualquier conocimiento. Mi sacrificio será el primero, pues la creación debe ser comprendida, pero no solo con la mente, sino con el corazón. Así, dejo que mi esencia fluya a través del mundo, en cada pensamiento y en cada alma que nazca, para que siempre haya sabiduría en su interior." Helios, el portador del fuego eterno, inclinó la cabeza ante sus hermanos. "Yo soy el fuego que arde en lo profundo de la tierra, la chispa que da vida a todo lo que crece. Sin mi sacrificio, el mundo se quedaría frío y en silencio, sin el calor que nutre y da vida. Mi alma arderá en cada amanecer, en cada llama que surja de la tierra, para que el mundo sea cálido y vibrante, lleno de luz." Aeris, la diosa del viento, suspiró, y sus cabellos flotaron como una corriente invisible. "Soy el aliento del mundo, el susurro que guía el destino de todos los seres. Sin mí, el mundo se estancaría en la quietud. Mi sacrificio será el viento que llevará las semillas de la vida a cada rincón del mundo, el aire que da movimiento a los sueños y a las esperanzas de todos los seres vivos." Selene, la diosa de las aguas, habló con voz suave, como el murmullo de un río en la noche. "Soy las aguas que limpian, las aguas que nutren, las aguas que dan vida y muerte. Sin mí, el mundo sería árido y sin alma. Mi sacrificio será vertido en cada río y océano, en cada gota de lluvia que caiga del cielo, para que la vida pueda florecer y crecer bajo la suavidad de mi toque." Por último, Kaelen, el dios de la tierra, levantó las manos hacia el cielo, y su voz resonó como un trueno que retumbaba en las profundidades de la tierra. "Yo soy la tierra que sostiene, la tierra que da raíces y crecimiento. Pero sin el sacrificio de todos, la tierra no tendría propósito. Mi sacrificio será la semilla de cada árbol, de cada planta, de cada vida que brote de la tierra. Con mi sacrificio, la creación podrá prosperar y crecer, y la vida nunca dejará de germinar." Con estas palabras, los cinco dioses se unieron en un acto de amor y sacrificio. Cada uno de ellos entregó su esencia al mundo, y su poder se disolvió en el aire, el fuego, el agua y la tierra. Su sacrificio no fue una pérdida, sino una ofrenda de amor por lo que estaban creando. Así, el mundo cobró vida: el cielo se llenó de estrellas, los océanos se poblaron de criaturas, las montañas crecieron, y el viento empezó a cantar entre los árboles.
Y cuando el mundo estuvo completo, cuando todo lo que existía brilló con la luz de su sacrificio, los cinco dioses ya no existieron como seres separados. Se disolvieron en el alma del mundo, en las estrellas que brillaban sobre la tierra, en el viento que acariciaba los campos, en las aguas que bañaban los continentes, en el fuego que ardía en el corazón de la tierra. Los cinco dioses habían dado todo por el amor a su creación. Y así, el mundo nació, no solo como un lugar físico, sino como una obra de amor eterno, en la que cada roca, cada río, cada estrella y cada ser viviente portaba en su interior el sacrificio de los dioses que lo habían dado todo para que existiera. Y a lo largo de las edades, el recuerdo de su sacrificio viviría en cada aliento, en cada latido, en cada paso que la humanidad diera sobre la tierra.
,Nacimiento de Otharos
Después de la creación del mundo, cuando las estrellas danzaban en el cielo y los ríos serpenteaban a través de las tierras, la paz reinaba, pero no por mucho tiempo. El mundo, aunque nacido del amor y el sacrificio de los cinco dioses, estaba marcado por la dualidad: la vida y la muerte, el orden y el caos, la luz y la sombra. A medida que el tiempo pasaba, las tierras se llenaron de conflictos, de luchas por el dominio, y la justicia parecía estar más allá del alcance de los mortales. Los hombres, aún regidos por la voluntad de los dioses, se dejaron arrastrar por sus propias pasiones y deseos, llevando al mundo al borde de la anarquía. Fue entonces cuando, de las sombras de la historia, surgió un nuevo dios. No nació de la creación misma ni de la fusión de elementos fundamentales, sino que emergió de la necesidad del mundo, del anhelo de los hombres por algo más grande que los dioses anteriores. Este dios no fue forjado en el amor, sino en la guerra. Su nombre era Otharos, y su llegada marcó el principio de una nueva era.
Otharos no era un dios nacido del sacrificio ni de la armonía, sino de la batalla, del choque de espadas y el clamor de la justicia. Él vino del vacío entre los cielos y la tierra, donde el eco de los antiguos dioses ya no era suficiente para contener el caos. Nadie sabía de dónde había surgido, pero su presencia fue tan poderosa que incluso los dioses mismos temieron su influencia. Otharos no traía el caos, sino el orden que solo se alcanzaría a través de la guerra, pues la guerra era el medio por el cual se imponía la justicia. La lucha no solo era su dominio, sino su arte, y solo a través de la confrontación, del conflicto, del combate, podía el mundo encontrar equilibrio. Otharos se mostró ante los hombres como un guerrero imponente, con armadura dorada forjada por el mismo brillo de las estrellas, y una espada que parecía larga como el mismo filo del destino. Su mirada era la de un juez, capaz de ver el alma de cada ser, discerniendo el bien del mal con una claridad absoluta. Su palabra era ley, y su voz resonaba como un trueno en el corazón de los hombres. Otharos no pedía adoración por lo que era, sino por lo que traía: la justicia, la verdad, el orden absoluto. En sus primeras manifestaciones, Otharos proclamó que los viejos dioses, los cinco que sacrificaron su ser por el mundo, no podían ya garantizar el orden que la humanidad necesitaba. Aquellos que buscaban la paz sin guerra, aquellos que buscaban la justicia sin acción, estaban errados. El equilibrio no podía ser sostenido sin la guerra, porque solo a través del enfrentamiento de ideas, de fuerzas opuestas, nacía la verdadera justicia. Y aquellos que se oponían a su voluntad serían castigados, pues no podían comprender que la guerra no era solo destrucción, sino también la forja de una nueva realidad, un nuevo orden donde el bien prevalecería. Sus palabras fueron como fuego que prendió en los corazones de los hombres. En los rincones más oscuros de la tierra, en las aldeas olvidadas, comenzaron a resonar los ecos de su mensaje. A diferencia de los cultos a los otros dioses, que reverenciaban a múltiples fuerzas de la naturaleza, el culto de Otharos pronto se convirtió en algo distinto: un monoteísmo absoluto. Él era el único dios verdadero, y solo en su guerra podía encontrarse la justicia. La idea de un dios único, incuestionable y absoluto, comenzó a tomar forma entre los pueblos. Los seguidores de Otharos repudiaban los cultos a otros dioses, pues veían a los otros dioses como seres débiles, incapaces de enfrentar la realidad del mundo. La guerra, en su forma más pura, comenzó a ser vista como una bendición. Las batallas, las luchas, y hasta los enfrentamientos cotidianos fueron interpretados como medios para purificar el mundo, para que, a través del conflicto, la justicia pudiera ser alcanzada. Los seguidores de Otharos, conocidos como los Guerreros de la Justicia, se convirtieron en un culto monolítico que dominó rápidamente las naciones. Sus templos no eran altos y sagrados como los de los antiguos dioses, sino fortalezas, castillos de guerra donde se enseñaba a luchar no solo con armas, sino con la mente y el corazón. Cada batalla librada, cada espada levantada, se veía como un acto de fe. La victoria, cualquiera que fuera el costo, era la manifestación de la voluntad de Otharos. El sacrificio era la prueba de la devoción, y los caídos en combate eran elevados como mártires que alcanzaban el juicio final de su dios. Con el paso de los siglos, el culto de Otharos se consolidó como la religión dominante en el mundo. Los viejos templos de los dioses anteriores fueron destruidos o transformados en monumentos a la guerra. La imagen de Otharos, el dios de la espada y la justicia, se alzó en estatuas en cada ciudad, en cada plaza, y su símbolo, una espada cruzada con una balanza, fue grabado en todos los estandartes. La humanidad, bajo el dominio de Otharos, vivió en un estado de constante conflicto, pero también de constante orden. La guerra no era solo un medio para gobernar, sino un rito sagrado, un camino hacia la perfección y la purificación del alma. A través de la lucha, Otharos enseñó a los hombres a ser fuertes, a ser valientes, y a ser justos en sus acciones. Y así, el dios de la guerra y la justicia se convirtió en el único dios venerado en todo el mundo, pues en su guerra no solo se buscaba la victoria, sino la verdad absoluta. Pese a que la enseñanza de los 5 dioses primigeneos seguía enseñándose, era aún mayor el culto a la guerra y con los tiempos de paz a la justicia