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Beneath The witching Rapsody Rolero 01/03/2025 (Sab) 16:27:31 Id: d9168a 111426
En un mundo suspendido entre la niebla y el vapor, donde la tecnología del acero y la magia de las sombras entrelazan sus destinos, la ciudad de Beneath se alza como un monumento a la ambición humana. En sus calles, donde los géiseres de vapor susurran secretos antiguos y las máquinas flotantes surcan los cielos, la energía rara y volátil del Ectoplasma alimenta la maquinaria del progreso. Este misterioso fluido, emanación de los espíritus que se disuelven en el aire, se ha convertido en la savia vital de la ciudad, alimentando todo desde las poderosas armas de guerra hasta los artefactos de sanación. Pero el precio de esta prosperidad es el mismo que el de un pacto con el abismo: la codicia de los hombres ha perturbado el equilibrio natural, y los ecos de los muertos comienzan a resonar de manera inquietante. En la penumbra, donde el sol apenas roza los tejados de cobre de Beneath, las Hijas de la Niebla despiertan. Son brujas de un linaje antiguo y olvidado, vestidas de sombras y vestigios de hechizos prohibidos. Su magia, tejida de oscuridad y viento, es capaz de doblegar el Ectoplasma a su voluntad, corrompiendo tanto las máquinas como las almas. De sus manos brotan hilos invisibles que se entrelazan con los engranajes de las grandes ciudades flotantes, y cada ritual de sacrificio alza a los muertos de sus tumbas, transformándolos en monstruos mecánicos, guardianes de su causa oscura. Beneath, que alguna vez fue un faro de luz y avance, se convierte en su prisión de sombras, envuelta en un manto de terror y desesperación. >Ficha >Nombre >Edad >Sexo >Historia >Habilidades Debes repartir 35 puntos entre 21 habilidades Armas de fuego Espadas Mazas Lanzas Hachas Montar a caballo Interpretación musical Alquimia Mecánica Herrería Ciencia Trampas Seguridad Sigilo Robo Combate desarmado Acrobacias Conocimientos en misticismo Clariviedencia Conducción Arcos
Beneath Beneath es una metrópoli cuya influencia está gobernada por una maquinaria despiadada, donde el sistema económico y político parece aplastar a los más débiles. El contraste entre los sectores de lujo y los barrios más pobres es estremecedor, y el aire denso de la ciudad refleja la constante tensión que la habita. El centro está dominado por rascacielos de acero y vidrio, símbolos de poder y control, pero las sombras de la ciudad se extienden hacia sus periferias, donde la pobreza, la desesperación y la violencia son moneda corriente. Las calles principales, llenas de vehículos en constante movimiento, se ven interrumpidas por las huellas de la desigualdad: es común ver a miles de personas luchando por encontrar trabajo, comida o un simple respiro. Los mercados son caóticos, pero no por la vida que en ellos se mueve, sino por la sensación de que todo está al borde del colapso. El gobierno y las corporaciones tienen un control absoluto, y cualquier intento de cuestionar el orden establecido se encuentra con la represión. En los barrios más afectados, las protestas son frecuentes, pero rápidamente sofocadas, y las calles se convierten en un campo de batalla entre los ciudadanos y las fuerzas de seguridad. La corrupción está tan arraigada que se vuelve casi imposible distinguir a los que luchan por sobrevivir de los que simplemente quieren aprovecharse de esa misma lucha. Vivir en esta ciudad es un reto constante. Las oportunidades parecen estar siempre al alcance, pero siempre fuera de tu alcance. La supervivencia se convierte en una carrera diaria, y la presión por mantenerse a flote, por encontrar algo de esperanza en medio de tanto sufrimiento, es abrumadora. La ciudad es un reflejo de sus habitantes: cansados, pero resilientes, temerosos pero decididos a seguir adelante, aunque a menudo sin saber hasta qué precio. Las comarcas que rodean la grandiosa ciudad de Beneath son un reflejo de la complejidad y el contraste que define a la nación. En su mayoría, estas tierras se despliegan como un tapiz de paisajes diversos, cada uno marcado por su relación única con la ciudad y su influencia, ya sea de progreso industrial o de oscuras sombras mágicas. Bistlewood Al norte, las tierras de Bristlewood se extienden bajo un cielo perpetuamente cubierto por una niebla espesa, cuyas raíces parecen nacer de la propia corrupción del Ectoplasma. Aquí, la vida es dura. Los pueblos dispersos se asientan entre bosques oscuros y colinas inhóspitas, donde el vapor y la tecnología de Aetheris aún no han logrado penetrar con su avance. Los habitantes de Bristlewood, grandes artesanos y agricultores, dependen de la agricultura rudimentaria, cultivando cereales y hierbas que pueden resistir la atmósfera tóxica del lugar. Sin embargo, la sombra del progreso llega en la forma de forasteros codiciosos que buscan extraer Ectoplasma del suelo, creando conflictos con los nativos, quienes protegen sus tierras con fiereza. En este rincón, el peligro no solo proviene de los bandidos, sino también de las criaturas que las brujas han desatado en la tierra. Extrañas bestias mecánicas, híbridos de carne y metal, merodean entre los árboles, sembrando el terror entre los viajeros. La delincuencia no solo se alimenta de la avaricia, sino también de la desesperación, y aunque los habitantes luchan por su supervivencia, la magia oscura corrompe incluso a los más puros, tornándolos en espectros de sí mismos. Hightower Al oeste, en Hightower, el paisaje cambia abruptamente, transformándose en tiernos campos verdes y pequeñas aldeas que se balancean entre la tranquilidad y la amenaza constante. Esta comarca ha sido bendecida por el viento favorable de la tecnología, con fábricas de máquinas agrícolas que facilitan la vida de los campesinos, pero también los convierte en peones de los grandes intereses de Aetheris. Aunque la tierra es fértil y el clima benigno, la vigilancia de las autoridades de la ciudad es constante, y aquellos que se rebelan contra la explotación laboral terminan en las oscuras celdas subterráneas de la capital. Aquí, la vida es más cómoda en términos materiales, pero el costo en libertades es elevado. La gente vive entre la comodidad del progreso y el temor de ser arrastrados a las maquinaciones políticas que tejen las brujas o los poderosos nobles. Scarlet Hollow Al sur, donde el terreno se vuelve árido y desolado, se encuentra Scarlet Hollow, una comarca que ha sido abandonada casi por completo debido a las guerreras de la niebla y la creciente delincuencia organizada. Aquí, las tropas de asaltantes y los mercenarios corruptos se agrupan en bandas que saquean las caravanas de viajeros que se atreven a cruzar el desierto. Este es un lugar donde la ley no existe, y los pocos habitantes que quedan sobreviven a base de truques y alianzas oscuras, manejándose con cautela y desconfianza. La magia de las brujas ha marcado profundamente a Scarlet Hollow, como si la propia tierra se hubiera teñido de su corrupción. Los espíritus de los muertos vagan en la quietud del desierto, mientras que los restos de las antiguas estructuras tecnológicas, ahora inservibles, se mezclan con las ruinas de las civilizaciones que alguna vez prosperaron aquí. La vida en este lugar es dura, peligrosa y en muchos sentidos, impredecible, pues las brujas utilizan el Ectoplasma para crear muertos vivientes que sirven como guardianes de sus dominios. Para los pocos valientes que aún se arriesgan a habitar estas tierras, la supervivencia se mide por el arte de la astucia, y cada día se enfrenta a la angustia de la muerte. Ironpeak Por último, en el este, se encuentran las montañas de Ironpeak, que contrastan con todo lo que rodea a Aetheris. En estas tierras frías y escarpadas, la vida es un desafío constante. Los habitantes, vendedores de hierro y mineros que extraen los metales más preciosos del reino, viven en aldeas flotantes sostenidas por cables de vapor. Estos pueblos son aislados y desconfían de todo lo que venga de Aetheris, pero aún así, el peso de la ciudad se deja sentir, pues las autoridades llegan regularmente a recolectar tributos de sus esfuerzos. La delincuencia aquí es rara, pero las tensiones sociales y las revueltas entre las clases son comunes, pues los mineros sueñan con un futuro sin las garras de la élite gobernante. Sin embargo, las montañas también son hogar de peligros sobrenaturales, como las leyendas de bestias hechas de metal que se alimentan de los metales preciosos.
Imperio de Azhara Al oeste de Aetheris, se extiende el Imperio de Azhara, una nación densa y montañosa, de vastos valles y bosques profundos, que recuerda en muchos aspectos a las antiguas tierras del norte. Con un clima templado y un paisaje que varía entre verdes praderas, majestic os bosques de robles y montañas cubiertas de niebla, Azhara es un lugar de belleza imponente. A diferencia de las regiones áridas y desoladas de otros imperios, Azhara tiene un entorno que favorece la agricultura, la ganadería y las comunidades bien conectadas, donde la vida florece a pesar de las tensiones que la han marcado. La cultura de Azhara está profundamente anclada en la armonía con la naturaleza. Durante siglos, el imperio fue reconocido por su devoción a las fuerzas primordiales de la tierra, el aire, el agua y el fuego. Las antiguas ciudades de Azhara eran una fusión perfecta entre la magia arcana y la arquitectura funcional, con imponentes castillos de piedra, puentes flotantes y torres que ascendían hacia cielos grises cargados de nubes. En estas tierras, los Tejedores del Viento, una orden de sabios y magos, eran los guardianes de la sabiduría ancestral, utilizando rituales mágicos para dominar los elementos y proteger la prosperidad de la nación. Antes de la gran catástrofe que asoló el imperio, Azhara era una tierra próspera y ordenada, donde la vida de los ciudadanos giraba en torno a la tradición y el conocimiento. Las grandes bibliotecas de la capital, Nivavara, eran el centro del saber, y sus escuelas de magia y academias científicas atraían a los mejores pensadores del mundo. Las personas vivían en pueblos organizados y apacibles, donde el comercio, la agricultura y la artesanía florecían en un ambiente de relativa paz y estabilidad. La ley y el orden eran respetados y aplicados por los custodios de la ciudad, guardianes del equilibrio entre magia y naturaleza. Sin embargo, la estabilidad de Azhara fue quebrantada por el desbordamiento del poder. El imperio, en su búsqueda de la perfección, intentó fusionar la magia ancestral con el Ectoplasma que había llegado de Aetheris. Este acto temerario, realizado por los más poderosos de los Tejedores del Viento, desató un cataclismo conocido como el Desgarro de los Vientos. La magia, antes tan armoniosa, se descontroló, corrompiendo tanto el alma del imperio como la propia tierra. Grandes terremotos sacudieron la tierra, los ríos se desbordaron y las estructuras flotantes que adornaban las ciudades cayeron con estrépito, como si los mismos elementos decidieran rebelarse. Tras la catástrofe, el imperio ya no fue el lugar de progreso y sabiduría que había sido en tiempos de antaño. Las ruinas de sus antiguas ciudades son ahora un recordatorio de lo que se perdió. Muchos de los sabios y magos más poderosos fueron consumidos por las energías descontroladas, dejando a la nación sumida en el caos. Los pueblos más cercanos a las fronteras de Aetheris quedaron completamente destruidos, mientras que las regiones centrales de Azhara luchan por reconstruir lo que una vez fue, pero con pesar y desconfianza hacia la magia y los avances que antes los hicieron grandes. Hoy, Azhara se encuentra fragmentada y dividida. Las antiguas ciudades flotantes que antes surcaban los cielos ahora yacen como escombros en el suelo, desmoronadas y cubiertas por el manto del olvido. La gente de Azhara vive en una constante lucha por la supervivencia, atrapada entre la nostalgia de su glorioso pasado y la realidad cruel de un imperio que ha perdido su rumbo. Las antiguas academias mágicas ahora son sombras de lo que fueron, convertidas en ruinas que sólo son habitadas por aquellos que aún creen que la magia tiene el poder de salvarlos. La sociedad azhariana se caracteriza por un profundo respeto por la naturaleza, pero también por una tensión palpable entre aquellos que desean volver a abrazar la magia antigua y aquellos que buscan superar el pasado a través de medios más prácticos y racionales. Los nuevos líderes del imperio, descendientes de los ancianos nobles que sobrevivieron al desastre, están divididos entre los que desean reconstruir la nación a través de la restauración de las artes arcanas y aquellos que promueven la ciencia y el comercio como la única vía hacia la supervivencia. A pesar de todo esto, las ciudades pequeñas de Azhara aún mantienen una vida comunitaria muy enraizada. El arte de la forja sigue siendo venerado, y el comercio de metales preciosos, piedras raras y hierbas mágicas es común entre los pueblos de las montañas y los bosques, pues los azharianos todavía poseen un conocimiento profundo de los elementos naturales. Sin embargo, las facciones que luchan por el poder han hecho de Azhara un lugar dividido, donde las lealtades son inestables y la intriga política es constante.
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>>111426 Confio en ti Op >Nombre Antonio >Edad 18 >Sexo Ojala >Historia Antonio es un alquimista viajero que recorre distintas ciudades ofreciendo sus conocimientos a cambio de comida, dinero o materiales raro >Habilidades Espadas: 2 Montar a caballo: 2 Alquimia: 8 Mecánica: 4 Herrería: 2 Ciencia: 5 Trampas: 2 Seguridad: 2 Sigilo: 2 Robo: 1 Combate desarmado: 2 Acrobacias: 1 Conocimientos en misticismo: 3 Arcos: 1
>>111529 >El viento frío de la madrugada se colaba por las rendijas de las ventanas de la taberna, y las sombras danzaban al ritmo de la luz vacilante de las lámparas de aceite. Antonio, el alquimista viajero, había llegado a la ciudad de Galdor, un asentamiento próspero pero marcado por la corrupción al este de la ciudad de Beneath. El aire estaba denso, cargado de la misma tensión que sus propios pensamientos: el rostro de la ciudad reflejaba el peso de la opresión de las brujas, quienes, con su magia oscura, mantenían a todos bajo su control, como marionetas que respondían solo a sus hilos invisibles. Había viajado miles de kilómetros, cruzando tierras salvajes y atravesando puentes de roca, con el único objetivo de encontrar materiales raros y fórmulas perdidas en el vasto conocimiento de la alquimia. Pero en Galdor, sus habilidades habían captado la atención de aquellos que buscaban más que simples brebajes. Un misterioso cliente, un hombre encapuchado, lo había encontrado en la taberna tras una cena solitaria. Sin dar su nombre, el extraño le ofreció un trato: en una ciudad dominada por la tiranía de las brujas, donde el imperio del acero se ve opacado por la magia ancestral, Antonio sería la clave para desentrañar un antiguo secreto. El contrato parecía sencillo: ayudar a los insurgentes locales a recuperar un artefacto que las brujas habían robado. A cambio, recibiría un raro mineral que, según el encapuchado, tenía propiedades capaces de potenciar cualquier fórmula alquímica a niveles inimaginables. Pero como todo en ese mundo extraño y oscuro, la oferta venía con un precio. Las brujas, con su magia corrupta, no eran el único peligro que acechaba las ruinas de la ciudad antigua. Algo mucho peor rondaba las calles, esperando que alguien, como Antonio, cayera en la trampa. >Esa misma mañana con el cantar de las aves en los pocos árboles que aún semantenian en pie estoicamente en las contaminadas calles de Galdor, un lujo que aun se podian permitir las ciudades pequeñas a diferencia de la capital. Antonio se levantó y tras lavarse la cara y vestir alguna de las pocas rendas que cargaba consigo, bajo las escaleras paea realizar sus actividades. Sin embargo, se encontró con una bella chica de ojos azules como zafiros y una cabello dorado, está chica sorprendida por la hora a la que bajaste se paro de un salto y se acercó diligentemente a Antonio para saludarle con una sonrisa sincera, tan pura que a cualquiera hubiera dejado atónito en esos momentos, viéndose como una bella flor que crecía entre la inmundicia de esa ciudad, un auténtico milagro de la naturaleza "¡B-buenos dias señor Antonio, me llamo Lira, es un placer" >La chica estiró su brazo ofreciendote la mano para darte un apretón de manos. Sus manos eran delicadas y finas, lucian como algo fuera de lugar, una cosa era la belleza natural que esta mujer pudiera tener, sin embargo, estaban tan bien cuidadas que parecia extraño, pocas veces en su vida Antonio habia visto manos asi de delicadas incluso entre mujeres. "Mi padre me pidió que viniera a verle para que me acompañe, el sabe de sus conocimientos en alquimia y otras ciencias, asi que quiere verle, por favor sigame" >La chica lo tomo de la mano y salieron por la puerta. Lira parecía no querer soltar la mano de su acompañante. Caminaba recta, con un aire de dignidad y una sonrisa en el rostro, realmente parecia una princesa salida de un cuento de hadas. Caminaron por las calles pavimentadas de Galdor, viendo los viejos edificios de ladrillo, el cielo oscurecido por las nubes oscuras de humo que salían de las industrias de la ciudad. Un gran tren mono-rail pasaba por encima de sus cabezas en una via invertida que miraba hacia el suelo, Antonio habia escuchado de estas maravillas de la tecnología, sobre como Beneath era aun mas asombrosa, pero está sorpresa se vio opacada por la gran torre de marfil, gigantesca, pulcra y atemorizante, rodeada de lo que parecían espinas y con una especie de gema roja en la cima, como si mirara a una rosa a punto de florecer. Allí habia escuchado que se encontraba una de las brujas, Antonella, la bruja de los caramelos. "¿Es una ciudad bonita no es así? Me gustaba pasear por las calles en invierno, los edificiosde ven mucho más bonitos con la nieve cubriéndolos... Es una lastima que nuestra bella ciudad se haya visto manchada por la presenia de esas mujeres." >Dijo Lira tras dar un resoplido de resignación "Usted ha viajado mucho señor Antonio ¿Cree que está ciudad realmente es tan bella como nosotros creemos? Mi padre me ha enseñado que siempre vemos buscar saber más, para no quedarnos estancados, para que no creamos que todo lo que tenemos es lo que hay. Cuando era mas joven, quería viajar con mi padre para que el me enseñará, pero con la llegada de las brujas, ahora tengo que ayudarle a luchar" >Finalmente llegaron al edificio donde vivia su padre, El edificio era una construcción imponente de ladrillo y acero, con detalles en bronce que reflejaban la tenue luz del sol matutino. Tenía una gran puerta de madera con remaches metálicos y, a cada lado, dos faroles de gas aún encendidos. Lira lo guió hasta el interior, conduciendolo a través de un estrecho pasillo de piedra iluminado solo por lámparas de gas adheridas a las paredes. El aire era denso, con un leve aroma a humedad y metal oxidado. Sus pasos resonaban sobre el suelo adoquinado mientras descendían unas escaleras en espiral, ocultas tras una puerta de madera reforzada con hierro. Cuando llegaron al final, Lira empujó una pesada puerta de acero que crujió con esfuerzo, revelando una sala amplia y subterránea. El lugar era un antiguo refugio de la ciudad, quizás un almacén olvidado o una estación de mantenimiento de los túneles ferroviarios. A lo largo de la sala, grandes mesas de madera estaban cubiertas con mapas, esquemas y documentos. Algunas paredes tenían estanterías repletas de libros y pergaminos antiguos, mientras que en un rincón, un tablero de madera clavado con cuchillos servía para fijar avisos y órdenes. Alrededor de una mesa central se reunían varias figuras, hombres de distintas edades y apariencias. Algunos incluso tenían una marca de su lucha en el cuerpo: cicatrices en los brazos, ojos cansados, o ropas gastadas con insignias arrancadas. En cambio otros, eran similares a Lira, mejor cuidados, con aspectos más sobrios. Había un hombre calvo y corpulento con una prótesis de bronce en el brazo derecho, que parecía haber sido diseñada con un mecanismo de presión a vapor. A su lado, un anciano de cabello canoso y gafas redondas repasaba unos pergaminos, con los dedos manchados de tinta y hollín. Más allá, un joven con una mano apoyada en la empuñadura de una daga miraba a Antonio con desconfianza. El centro de la atención, sin embargo, lo ocupaba un hombre de presencia imponente. Su cabello era oscuro, con mechones plateados en las sienes, y vestía un abrigo rojo y largo de cuero adornado con botones dorados. Su voz era profunda y cortante. "Así que tú eres el alquimista." >Con mirada profunda lo examinó de pies a cabeza, como si evaluara su valía en cuestión de segundos "Bienvenido a la verdadera Galdor." El murmullo en la sala se apagó. Todos los presentes clavaron sus ojos en Antonio, esperando su respuesta. Allí se dió cuenta de que eran las mismas personas que lo había contactado a través de esa persona misteriosa.
>>111550 No me dejó subir la primera pic, ya le cambié la extensión a ver si deja
>>111426 Guardo cupo y tiro ficha enseguida
>>111426 Guardo cupo
Guardo cupo y mando ficha
>>111748 <Nombre Me llamo.... ¿Eh? ¿Como me llamo? No me acuerdo. <Apariencia porque no tengo pic Soy lampiño, completamente lampiño, no siquiera tengo cejas o pestañas, y por algún motivo mi cuerpo está repleto de escrituras raras que no comprendo. <Trasfondo No...no tengo la más remota idea, no recuerdo absolutamente nada ¿Quien soy? ¿Donde estoy? <Equipo Estoy desnudo. >Maldición de la culpa Alzheimer Amnesia
>>111750 Ayy cabrón kekié
Negro, genuinamente quiero hacer ficha pero me alcanza el sueño kek, esperame mañana
Culto de Otharos Mito de la creación En el principio, cuando el abismo era todo lo que existía, solo había el vacío eterno, sin forma ni color, sin luz ni sombra. Los dioses eran sombras también, sin lugar donde asentarse, sin propósito. De entre ellos, cinco surgieron, nacidos del caos primordial. Estos dioses se convertirían la encarnación de las fuerzas fundamentales del universo, y su poder estaba por encima de todo lo comprendido. Lythar, el dios de la sabiduría infinita, tenía en su mente el conocimiento de todos los secretos del cosmos. Helios, el dios del fuego eterno, poseía el aliento ardiente de la creación misma. Aeris, la diosa del viento, se deslizaba a través del vacío, tejiendo las corrientes que guiarían el destino. Selene, la diosa de las aguas, cargaba con las lágrimas de todas las estrellas que aún no nacían. Y Kaelen, el dios de la tierra, traía consigo la semilla de la vida que germinaría en la vasta oscuridad. Juntos, estos cinco dioses miraron el vacío y vieron la posibilidad de lo que podría ser. Crearon el mundo con sus poderes: Lythar, dando forma a la mente que comprendería el cosmos; Helios, trayendo la chispa de la vida con su fuego; Aeris, envolviendo el mundo en un aire vibrante de posibilidades; Selene, creando los océanos y ríos que darían vida; y Kaelen, sembrando la tierra con la semilla de todos los seres. Pero había algo más. El mundo aún no existía como tal. Era solo un sueño suspendido, una promesa de lo que podría ser, pero para que naciera por completo, necesitaba algo más: el sacrificio. Los dioses comprendieron que la creación no sería posible sin dar una parte de sí mismos, y su amor por el mundo que soñaban sería el sacrificio necesario para darle vida. Así, en la cima de una montaña de fuego y niebla, los cinco dioses se reunieron y tomaron la decisión. Cada uno debía ofrecerse por amor a la creación, por el amor a lo que aún no existía pero que prometían con su sacrificio traer a la vida. Porque, aunque su poder era infinito, sin ese sacrificio, el mundo nunca sería lo que debía ser. Lythar, el sabio, fue el primero en hablar, su voz profunda como el susurro de los pensamientos universales. "Mi mente ha trazado los caminos del mundo, pero mi amor por la creación es más grande que cualquier conocimiento. Mi sacrificio será el primero, pues la creación debe ser comprendida, pero no solo con la mente, sino con el corazón. Así, dejo que mi esencia fluya a través del mundo, en cada pensamiento y en cada alma que nazca, para que siempre haya sabiduría en su interior." Helios, el portador del fuego eterno, inclinó la cabeza ante sus hermanos. "Yo soy el fuego que arde en lo profundo de la tierra, la chispa que da vida a todo lo que crece. Sin mi sacrificio, el mundo se quedaría frío y en silencio, sin el calor que nutre y da vida. Mi alma arderá en cada amanecer, en cada llama que surja de la tierra, para que el mundo sea cálido y vibrante, lleno de luz." Aeris, la diosa del viento, suspiró, y sus cabellos flotaron como una corriente invisible. "Soy el aliento del mundo, el susurro que guía el destino de todos los seres. Sin mí, el mundo se estancaría en la quietud. Mi sacrificio será el viento que llevará las semillas de la vida a cada rincón del mundo, el aire que da movimiento a los sueños y a las esperanzas de todos los seres vivos." Selene, la diosa de las aguas, habló con voz suave, como el murmullo de un río en la noche. "Soy las aguas que limpian, las aguas que nutren, las aguas que dan vida y muerte. Sin mí, el mundo sería árido y sin alma. Mi sacrificio será vertido en cada río y océano, en cada gota de lluvia que caiga del cielo, para que la vida pueda florecer y crecer bajo la suavidad de mi toque." Por último, Kaelen, el dios de la tierra, levantó las manos hacia el cielo, y su voz resonó como un trueno que retumbaba en las profundidades de la tierra. "Yo soy la tierra que sostiene, la tierra que da raíces y crecimiento. Pero sin el sacrificio de todos, la tierra no tendría propósito. Mi sacrificio será la semilla de cada árbol, de cada planta, de cada vida que brote de la tierra. Con mi sacrificio, la creación podrá prosperar y crecer, y la vida nunca dejará de germinar." Con estas palabras, los cinco dioses se unieron en un acto de amor y sacrificio. Cada uno de ellos entregó su esencia al mundo, y su poder se disolvió en el aire, el fuego, el agua y la tierra. Su sacrificio no fue una pérdida, sino una ofrenda de amor por lo que estaban creando. Así, el mundo cobró vida: el cielo se llenó de estrellas, los océanos se poblaron de criaturas, las montañas crecieron, y el viento empezó a cantar entre los árboles. Y cuando el mundo estuvo completo, cuando todo lo que existía brilló con la luz de su sacrificio, los cinco dioses ya no existieron como seres separados. Se disolvieron en el alma del mundo, en las estrellas que brillaban sobre la tierra, en el viento que acariciaba los campos, en las aguas que bañaban los continentes, en el fuego que ardía en el corazón de la tierra. Los cinco dioses habían dado todo por el amor a su creación. Y así, el mundo nació, no solo como un lugar físico, sino como una obra de amor eterno, en la que cada roca, cada río, cada estrella y cada ser viviente portaba en su interior el sacrificio de los dioses que lo habían dado todo para que existiera. Y a lo largo de las edades, el recuerdo de su sacrificio viviría en cada aliento, en cada latido, en cada paso que la humanidad diera sobre la tierra. ,Nacimiento de Otharos Después de la creación del mundo, cuando las estrellas danzaban en el cielo y los ríos serpenteaban a través de las tierras, la paz reinaba, pero no por mucho tiempo. El mundo, aunque nacido del amor y el sacrificio de los cinco dioses, estaba marcado por la dualidad: la vida y la muerte, el orden y el caos, la luz y la sombra. A medida que el tiempo pasaba, las tierras se llenaron de conflictos, de luchas por el dominio, y la justicia parecía estar más allá del alcance de los mortales. Los hombres, aún regidos por la voluntad de los dioses, se dejaron arrastrar por sus propias pasiones y deseos, llevando al mundo al borde de la anarquía. Fue entonces cuando, de las sombras de la historia, surgió un nuevo dios. No nació de la creación misma ni de la fusión de elementos fundamentales, sino que emergió de la necesidad del mundo, del anhelo de los hombres por algo más grande que los dioses anteriores. Este dios no fue forjado en el amor, sino en la guerra. Su nombre era Otharos, y su llegada marcó el principio de una nueva era. Otharos no era un dios nacido del sacrificio ni de la armonía, sino de la batalla, del choque de espadas y el clamor de la justicia. Él vino del vacío entre los cielos y la tierra, donde el eco de los antiguos dioses ya no era suficiente para contener el caos. Nadie sabía de dónde había surgido, pero su presencia fue tan poderosa que incluso los dioses mismos temieron su influencia. Otharos no traía el caos, sino el orden que solo se alcanzaría a través de la guerra, pues la guerra era el medio por el cual se imponía la justicia. La lucha no solo era su dominio, sino su arte, y solo a través de la confrontación, del conflicto, del combate, podía el mundo encontrar equilibrio. Otharos se mostró ante los hombres como un guerrero imponente, con armadura dorada forjada por el mismo brillo de las estrellas, y una espada que parecía larga como el mismo filo del destino. Su mirada era la de un juez, capaz de ver el alma de cada ser, discerniendo el bien del mal con una claridad absoluta. Su palabra era ley, y su voz resonaba como un trueno en el corazón de los hombres. Otharos no pedía adoración por lo que era, sino por lo que traía: la justicia, la verdad, el orden absoluto. En sus primeras manifestaciones, Otharos proclamó que los viejos dioses, los cinco que sacrificaron su ser por el mundo, no podían ya garantizar el orden que la humanidad necesitaba. Aquellos que buscaban la paz sin guerra, aquellos que buscaban la justicia sin acción, estaban errados. El equilibrio no podía ser sostenido sin la guerra, porque solo a través del enfrentamiento de ideas, de fuerzas opuestas, nacía la verdadera justicia. Y aquellos que se oponían a su voluntad serían castigados, pues no podían comprender que la guerra no era solo destrucción, sino también la forja de una nueva realidad, un nuevo orden donde el bien prevalecería. Sus palabras fueron como fuego que prendió en los corazones de los hombres. En los rincones más oscuros de la tierra, en las aldeas olvidadas, comenzaron a resonar los ecos de su mensaje. A diferencia de los cultos a los otros dioses, que reverenciaban a múltiples fuerzas de la naturaleza, el culto de Otharos pronto se convirtió en algo distinto: un monoteísmo absoluto. Él era el único dios verdadero, y solo en su guerra podía encontrarse la justicia. La idea de un dios único, incuestionable y absoluto, comenzó a tomar forma entre los pueblos. Los seguidores de Otharos repudiaban los cultos a otros dioses, pues veían a los otros dioses como seres débiles, incapaces de enfrentar la realidad del mundo. La guerra, en su forma más pura, comenzó a ser vista como una bendición. Las batallas, las luchas, y hasta los enfrentamientos cotidianos fueron interpretados como medios para purificar el mundo, para que, a través del conflicto, la justicia pudiera ser alcanzada. Los seguidores de Otharos, conocidos como los Guerreros de la Justicia, se convirtieron en un culto monolítico que dominó rápidamente las naciones. Sus templos no eran altos y sagrados como los de los antiguos dioses, sino fortalezas, castillos de guerra donde se enseñaba a luchar no solo con armas, sino con la mente y el corazón. Cada batalla librada, cada espada levantada, se veía como un acto de fe. La victoria, cualquiera que fuera el costo, era la manifestación de la voluntad de Otharos. El sacrificio era la prueba de la devoción, y los caídos en combate eran elevados como mártires que alcanzaban el juicio final de su dios. Con el paso de los siglos, el culto de Otharos se consolidó como la religión dominante en el mundo. Los viejos templos de los dioses anteriores fueron destruidos o transformados en monumentos a la guerra. La imagen de Otharos, el dios de la espada y la justicia, se alzó en estatuas en cada ciudad, en cada plaza, y su símbolo, una espada cruzada con una balanza, fue grabado en todos los estandartes. La humanidad, bajo el dominio de Otharos, vivió en un estado de constante conflicto, pero también de constante orden. La guerra no era solo un medio para gobernar, sino un rito sagrado, un camino hacia la perfección y la purificación del alma. A través de la lucha, Otharos enseñó a los hombres a ser fuertes, a ser valientes, y a ser justos en sus acciones. Y así, el dios de la guerra y la justicia se convirtió en el único dios venerado en todo el mundo, pues en su guerra no solo se buscaba la victoria, sino la verdad absoluta. Pese a que la enseñanza de los 5 dioses primigeneos seguía enseñándose, era aún mayor el culto a la guerra y con los tiempos de paz a la justicia
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>>111746 >Nombre Pepito Vaveircoy >Edad 31 años >Sexo Masculino >Historia Pepito Vaveircoy es un mecanista de tercera categoría en los Talleres de Beneath. Su vida gira en torno a ensamblar, reparar y refaccionar las mismas piezas de Ectomáquinas día tras día, con la esperanza de no cometer errores que llamen la atención de los supervisores. Hace tiempo, intentó ascender en la jerarquía técnica, pero la burocracia y los "accidentes" que les ocurren a los ambiciosos lo hicieron desistir. Ahora, solo quiere que lo dejen en paz. Sin embargo, hay un proyecto que lo mantiene despierto por las noches: la construcción de un autómata. No cualquier máquina, sino una hija. Un ser de engranajes, cristal y Ectoplasma, capaz de aprender, hablar y reír. No por grandeza ni por locura. Simplemente porque Pepito siempre quiso una familia, y el mundo en el que vive nunca le dio esa oportunidad. Cada tornillo que ajusta en la clandestinidad de su taller es un paso más hacia un sueño que, en el fondo, sabe que podría costarle la vida. >Habilidades -Armas de fuego: 3 -Espadas: 0 -Mazas: 0 -Lanzas: 0 -Hachas: 0 -Montar a caballo: 0 -Interpretación musical: 2 -Alquimia: 2 -Mecánica: 8 -Herrería: 5 -Ciencia: 4 -Trampas: 1 -Seguridad: 2 Ni idea que es esto -Sigilo: 2 -Robo: 0 -Combate desarmado: 4 -Acrobacias: 0 -Conocimientos en misticismo: 1 -Clarividencia: 0 -Conducción: 1 -Arcos: 0
>>111849 ¿De dónde habrá salido la tendencia de enviarle fichas de mierda a los OP?
>>111849 Fua negro, no quisiera arruinar el personaje con una pic mala ¿Podrías postear la pic de la hija? >ni idea que es eso Forzar cerraduras y esas cosas, lo puse como seguridad porque tiene más cosas
>>111854 Sólo es una ficha negro, quizás le gusta la idea de rolear con ese personaje. No hace falta ser grosero sólo porque no te gusta, cielos...
>>111854 Tienes razón negrito, aquí hice una ficha mucho mejor, esta vez si me esforcé. >Nombre Me llamo.... ¿Eh? ¿Como me llamo? No me acuerdo. >Edad No recuerdo. >Sexo Estoy desnudo, al parecer soy un... ¿hombre?. >Historia No...no tengo la más remota idea, no recuerdo absolutamente nada ¿Quien soy? ¿Donde estoy?. >Habilidades -Armas de fuego: 0 -Espadas: 0 -Mazas: 0 -Lanzas: 0 -Hachas: 0 -Montar a caballo: 0 -Interpretación musical: 0 -Alquimia: 0 -Mecánica: 0 -Herrería: 0 -Ciencia: 0 -Trampas: 0 -Seguridad: 0 -Sigilo: 0 -Robo: 0 -Combate desarmado: 0 -Acrobacias: 0 -Conocimientos en misticismo: 0 -Clarividencia: 0 -Conducción: 0 -Arcos: 0 -Alzheimer: 35
>>111857 Cagaste OP, te van a matar el rol kek
>>111855 >no quisiera arruinar el personaje con una pic mala No te preocupes OP, como te quede mejor, si tienes Pics que se adapten a la estética/trama del Rol usa esas.
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>>111857 >Alzheimer: 35
https://youtu.be/dx3C3Kek5gY?si=KGlMU3-6qjLR3JYs >El día comenzaba antes de que el sol pudiera atravesar el manto perpetuo de humo sobre Beneath. El estruendo de las calderas centrales despertaba la ciudad con un rugido gutural, sacudiendo las paredes de los edificios corroídos por el hollín. Pepito Vaveircoy se levantó con dolor en su espalda, calzó las botas gastadas, se colocó la chaqueta de mecánico y salió a enfrentar otro día. Las calles eran un laberinto de hierro y piedra, con pasarelas oxidadas que conectaban los niveles superiores de la urbe, mientras abajo, en los barrios más bajos, el fango de la industria se mezclaba con la miseria de los olvidados. Beneath no siempre había sido así. Hubo un tiempo en que las chimeneas exhalaban un vapor limpio y las Ectomáquinas eran símbolo de progreso. Ahora, la ciudad parecía una carcasa de su antigua gloria, una bestia moribunda sostenida por engranajes que giraban a la fuerza. Las brujas lo habían cambiado todo. >Desde que tomaron el poder, Beneath dejó de pertenecer a los hombres y pasó a ser un feudo de sombras. Las torres de observación, erigidas con piedra negra y reforzadas con glifos incandescentes, se alzaban en cada distrito, vigilando a la población. Se decía que en lo alto de la más grande de todas, la Torre del Lamento, residía una de las brujas mayores, Henriette a, la Bruja de los corazones. Un nombre irónico para una criatura cuyo dulce favorito era la desesperanza. Los decretos cambiaban con la marea de sus caprichos. Un día, la industria debía triplicar su producción sin aumentar los turnos de trabajo. Otro, los relojes eran confiscados porque, según ellas, el tiempo pertenecía a la magia y no a los hombres. Se rumoraba que los desaparecidos terminaban en experimentos de hechicería, sus almas atrapadas en frascos de cristal ámbar, condenadas a alimentar la voluntad de sus carceleras. Pepito avanzó por los puentes de hierro que temblaban bajo el peso de los transeúntes. Pasó junto a una estación de trenes a vapor, donde hombres exhaustos abordaban vagones con el rostro impasible de quien ya no recuerda cómo se siente la esperanza. Más adelante, cruzó la plaza de los Susurros, donde los carteles de propaganda cubrían las paredes: “La magia es progreso.” “El orden es paz.” “Los insurgentes solo traen caos.” Pero la peor imagen siempre era la de los postes, a lo largo de la avenida principal, las figuras colgantes de los castigados se mecían al viento. Algunos aún vivos, otros ya reducidos a piel y huesos, eran los que habían hablado de más, los que habían osado desafiar el régimen. Un recordatorio de lo que le esperaba a cualquiera que intentara cambiar el destino de Beneath. >Los Talleres de Beneath aparecieron ante él, un monstruo metálico con chimeneas que escupían nubes espesas. Al cruzar las puertas oxidadas, Pepito sintió el peso de la rutina caer sobre sus hombros. El sonido del metal resonaba en los pasillos de los Talleres de Beneath. El vapor escapaba de las tuberías oxidadas con un silbido constante, y el zumbido de los generadores ectoplásmicos vibraba en el aire. Pepito Vaveircoy, como cada día, estaba inclinado sobre una pieza de engranaje corroído, ajustando con precisión mecánica un perno diminuto. No era su trabajo pensar, solo hacer. Hacer y no llamar la atención. Pero su mente estaba en otro lugar. Más allá de los chirridos y las órdenes de los supervisores, más allá de las reglas impuestas por la Administración. Estaba en su taller clandestino, en la pequeña bodega que había conseguido ocultar en el laberinto de los bajos fondos industriales. Allí, entre repuestos descartados y fragmentos de cristal ectoplásmico, su hija esperaba. No tenía nombre todavía, pero tenía forma. Un torso esbelto de latón bruñido, brazos de filigrana articulada, un cráneo de cristal opaco que algún día reflejaría la luz con el brillo de una conciencia propia. Su turno estaba por terminar cuando lo sintió. Esa presión en el aire, esa sensación viscosa en la piel que anunciaba problemas. "Vaveircoy" >La voz era áspera, impersonal, de alguien que no acostumbraba hablar con trabajadores de su nivel. Se giró con cautela y encontró tres figuras entre las columnas de vapor y metal: un capataz con su uniforme impecable; un hombre de gafas gruesas y túnica oscura, uno de los altos ingenieros; y un tercer sujeto, delgado y con el tipo de sonrisa que uno vería en un sabueso oliendo sangre. "Se requiere su presencia en el despacho de control —dijo el capataz, sin emoción alguna" >Pepito instintivamente trago saliva sintiendo el peso de la preocupación. Había tres razones por las que un mecanista de tercera categoría era llamado al despacho de control: Un error en su trabajo que ameritaba represalias; Un despido sumario, lo que significaba acabar en las calles sin derecho a nada; Algo peor. Y en un mundo como el suyo, “algo peor” siempre era la opción más probable. La mirada del alto ingeniero se posó en él como si estuviera evaluando una pieza defectuosa. "Hemos detectado discrepancias en los registros de materiales. Piezas desaparecidas. Insumos ectoplásmicos sin justificar. ¿Tiene algo que decir, Vaveircoy?" >La sangre le heló las venas. Sabían. O al menos sospechaban que había estado tomando piezas durante los meses para poder construir a su hija El alto ingeniero solo observaba con la paciencia cruel de un hombre que ya conocía la respuesta y solo esperaba que su presa se delatara sola. El capataz resopló, aburrido. El otro hombre, el delgado con la sonrisa de sabueso, se acercó un paso más. "Vaveircoy, llevamos tiempo revisando las pérdidas en los almacenes. Pequeñas piezas, tornillos especiales, pequeños fragmentos de cristal ectoplásmico. Nada que llame la atención por separado, pero en conjunto… alguien está construyendo algo." >El alto ingeniero entrecerró los ojos. "Usted ha sido… discreto, Vaveircoy. No tiene aspiraciones, no hace preguntas, nunca se mete en problemas. Pero sabemos que no es un idiota. Así que le haré una pregunta sencilla: ¿conoce a alguien que esté trabajando en algo fuera del protocolo?"
Beneath. ¿Hora? Antes de que salga el sol... cuando las calderas lloran. https://youtu.be/NJMNrjAgwE0 El retumbar de las calderas de las fábricas sacude el aire como un canto gutural emergiendo de lo más profundo del horizonte. Son los “Despertadores” Industriales, el “himno” matutino de este lugar: un rugido mecánico que anuncia otro día de engranajes girando y pulmones llenándose de hollín. Mi pequeño apartamento tiembla con cada bramido, al igual que todos los edificios a la redonda. Despierto sin sobresaltos, los cristales de las ventanas vibran, pedacitos de polvo y ceniza se desprenden del techo. Detalles insignificantes para alguien que lleva demasiado tiempo en este juego. Me levanto con una sonrisa, porque, ¿por qué no?, me remojo la cara con esa agua tibia y sospechosamente viscosa de la canilla, y echo un vistazo por la ventana. El paisaje no ha cambiado: acero, vapor, y una paleta de colores que va del gris oscuro al gris un poco más oscuro. Bajo las escaleras del complejo, mis botas chapotean en el barro aceitoso y desperdicios industriales que cubre las calles. La barandilla del puente está fría, oxidada y resbalosa bajo mi mano mientras las aguas grises se arremolina entre la chatarra. Arriba, el cielo es un manto de ceniza con tintes marrones. Tal vez hoy el sol logre abrirse paso. Tal vez no. No apostaría dinero en ello. El camino al trabajo es una colección de postales distópicas: enormes trenes de vapor que reptan sobre sus vías, calles silenciosas salpicadas de carteles propagandísticos y, en la avenida principal, los cuerpos colgados de aquellos que osaron pensar demasiado. Un recordatorio generoso de que el aire aquí no solo está contaminado de hollín. Pero bueno, sin duda mi camino al trabajo era toda una larga travesía... ya llegué. Los Talleres de Beneath. Pongo las manos en la cintura, suelto un suspiro y cruzo la entrada con la naturalidad de alguien que lleva tiempo viendo esta monstruosidad de acero y humo devorar a los suyos. Marco mi ficha, ajusto mi delantal y me sumo al ritmo implacable de la jornada. Cualquiera estaría desanimado, muerto, esperando que esta polución y hollín termine de quemar sus pulmones y muera de asfixia en la noche, para nunca más volver aquí, pero yo, tenía un motivo mayor para seguir viniendo y seguir trabajando, algo más grande que el dinero, y que me hacía seguir disfrutando la llegada a este lugar. https://youtu.be/c2KtyF-gczc Los hornos rugen con esa irradiarte calor característico casi sonoro, los motores vibran, las correas silban al desplazarse, los mecanismos tintinean, las válvulas de vapor truenan... Todo junto crea la sinfonía industrial que late en el corazón de la fábrica. Me dejo arrastrar por la cadencia del trabajo, el sudor caía de mi frente y yo, con los ojos entre cerrados para ajustar la visión, mi cuerpo moviéndose con precisión metronómica. Mi muñeca iba de arriba a abajo, girando y rotando, como un mecanismo de reloj, giro giro, palmeo y siguiente, agarraba el mecanismo, ajustaba esos diminutos pernos, analizaba y lo mandaba a la cinta transportante para trabajar con la siguiente pieza. Agarro, ajusto, evalúo, a la cinta. Agarro, ajusto, evalúo, a la cinta. Un engranaje más en la gran maquinaria de Beneath. Era un trabajo difícil, velocidad, precisión y repetición, pero yo era bueno en esto, así que podía estar tranquilo con mi puesto. Pero ¿por qué un hombre, desolado en este infierno de metal y vapor, aplastado por una tiranía dictatorial, haciendo una rutina repetitiva y desgastante cuál niño asiático en metalúrgica estaba tan feliz y seguía trabajando? ¿cuál era ese motivante?, bueno, porque todo padre hace lo que sea por su pequeña. Mientras mi cuerpo trabajaba, mi mente estaba en otro sitio. Un taller escondido. Entre toda esa chatarra, prototipos, planos, cajas, juguetes con mecanismos de reloj, decorada por largas telas de arañas en los techos como cortinas o un velo. Yacía una pequeña figura sentada en una silla. Mi hija... bueno, o lo que será de ella, cuando logre terminarla. Como Geppetto, dando vida a su marioneta. Solo que yo no tengo un hada madrina que haga el trabajo por mí. Yo tengo que conseguir las piezas, una a una, de la única forma en la que un hombre como yo puede hacerlo, con paciencia, discreción y la precisión de un banquero corrupto. Para terminarla tenía que venir aquí, y conseguir las piezas, una por una, para poco a poco, lograr mi objetivo. Toda fábrica tiene un margen de “pérdidas no contables”. Un tornillo cada 1800, una tuerca entre 500... cifras que cualquiera podría considerar dentro de lo normal. Y ahí es donde entro yo. Un engranaje aquí, un resorte allá. Nada escandaloso. Nada que levante sospechas. O eso creía. Entonces, entre el sudor, los vapores y el metal, la voz de alguien me saca de mi trance mecánico, alguien había llamado a mi nombre, yo me detengo, limpio el aceite y hollín en mi delantal y me volteo con una sonrisa. <"Sí, en que puedo ayudarles" El vapor se disipa y aparecen tres figuras ante mí. El Capataz, un Alto Ingeniero y... no tengo ni idea quien es esa persona,. Y si no lo reconozco, eso solo puede significar dos cosas: >A) Es un matón enviado para vigilar a los vigilantes. >B) Su rango está tan por encima del mío que ni siquiera me molesto en entender quién es. Sea como sea, al parecer se requería mi presencia en el despacho de control, hum.... Mal asunto. Algo olía mal en todo esto, pero tampoco me preocupaba. Me rasco la nariz con calma, asiento con una sonrisa jovial y los acompaño a los 3 sujetos. Alguien de rango tan bajo como yo, un mero mecanista de tercera categoría, llamado por 3 personas a ese lugar, solo significaban problemas, pero al fin llegamos. No hay sorpresas cuando me sientan y comienzan la ronda de preguntas. Al parecer no había sido tan listo como pensé, pero tampoco me preocupaba ¿de qué me estaban acusando no directamente? Discrepancias en los registros de materiales. Ya saben, piezas que “desaparecen” sin dejar rastro, material no contable, etc.. Me inclino ligeramente en la silla, entrecerrando los ojos como si de verdad estuviera procesando la magnitud de la acusación y escuchando las preguntas. Luego, con un tono que oscila entre la confusión genuina y la más pura inocencia, contesto con calma, algo distraído, como si no entendiera muy bien la cosa. <"¿Materiales faltantes del registro?" <"juhm..." Frunzo el ceño, me rasco la nuca y dejo que el silencio haga su trabajo antes de continuar. <"Bueno... supongo que siempre hay alguna pérdida contable, ¿no? Ya saben, algún tornillo cae de un camión, un novato se pone nervioso y arruina una pieza... esas cosas. Pasa en todas partes." Me rascaba la nuca confundida mientras pensaba <"uhm..." <"Es algo que todos saben, ¿o no...?" Levanto una ceja y chasqueo la lengua. <"Mmm... no conozco a nadie que haga algo fuera del protocolo. Ni siquiera el Techero Billy. Pero..."
[Expand Post] <"Si no es eso entonces.... <"¿Revisaron la entrada y salida del material de construcción?" <"Ya saben, los encargados de los registros de entrada y salida de materia prima en los trenes y camiones. No creo que alguien pueda construir algo grande con un par de tuercas y tornillos,... pero venderlos en el mercado negro, eso es otra historia." <"La única manera que salga algo así ¿no sería en uno de los camiones?" <"Si alguien hace la vista gorda, edita los registros, puedes sacar el material sin que el papeleo te diga que exista" En cierta medida, lo que estaba diciendo no era falso, es más si se ponen a revisar ahora mismo, probablemente destapen algún negocito clandestino de piezas sobrantes. Es el ciclo natural de cualquier fábrica. Solo estoy ayudando a que lleguen a una conclusión lógica, así que yo no les miento, y a la vez, creaba una cortina de humo. Con eso, miro a la esquina del techo, como si esta conversación fuera un desvío innecesario en mi día de trabajo. <"Si eso es todo... ¿Puedo volver a mi puesto?" <"El tiempo es trabajo, y el trabajo es progreso." Hago un gesto hacia la puerta. <"Necesito completar mi turno, si no es molestia." Exacto. Estoy muerto. Cambie 2 cosas en las habilidades -Armas de fuego: 3 -Espadas: 0 -Mazas: 0 -Lanzas: 0 -Hachas: 0 -Montar a caballo: 0 -Interpretación musical: 2 -Alquimia: 4 -Mecánica: 8 -Herrería: 5 -Ciencia: 4 -Trampas: 1 -Seguridad: 1 -Sigilo: 1 -Robo: 0 -Combate desarmado: 4 -Acrobacias: 0 -Conocimientos en misticismo: 1 -Clarividencia: 0 -Conducción: 1 -Arcos: 0


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